martes, 28 de febrero de 2012

El fantasma – Carlos Enrique Saldivar


Un fantasma duerme en la habitación más alta de una casa abandonada. De repente se abre la cortina y ve una sombra negra, indescriptible, flotar en aire. El fantasma se asusta como nunca en vida o muerte. Aquello desaparece. El ánima lo ha sido por incontables años y ha espantado a muchos vivos. Se ha vuelto amo y señor de aquella ruinosa casa. Sabe todo acerca de sus congéneres, los fantasmas, pero... ¿qué ha sido «aquello» que lo ha espantado tanto mientras descansaba? Sólo espera que esa tenebrosa entidad no vuelva jamás.

La fuerza de la costumbre - Carlos Rodríguez Arévalo


Ante la mirada fija de sus ejecutores dispuestos en fila frente a Él y después de haber oído la orden de abrir fuego, dejó el miedo que ocupó unos segundos de su tiempo y accionó su poder, todos los hombres armados cayeron tendidos inmediatamente con sangre cayendo por los ojos, boca y orejas. A veces se le olvidaba que no era de este planeta.

Tomado de Microtexteando

Acerca del autor:
Carlos Rodríguez Arévalo

Haciéndonos - Cristian Cano


Quieto, a tu lado. Te miro y te miro, cada línea, cada punto. Te hago mientras te miro, y si no te miro, no te tengo; paso la mirada otra vez, sabiendo que te tengo, y rehago otra vez las líneas y cada sombra, cada pliegue, hasta querer otra vez: hacerte, dibujarte, saberte, en todo punto, en toda sombra; si no te miro, no te tengo, y por eso no dejo de seguirte con la mirada…mientras te acompaño a todos lados, riendo, caminando; como un Bambique se esconde, entre las solapadas sombras del Sol de nuestras tardes.
Quietos, a nuestros lados, nos miramos y nos hacemos.

ReC - Jesús Esnaola Moraza


—Y no intentes escabullirte, que no te va a servir de nada —dice Micky agravando la voz, casi tanto que hasta se le arruga su carita imberbe—. No podrás soltarte las cuerdas, así que para ya, ¿ha quedado claro? Si no... Ya estoy harto de ti y de tu madre, parece que solo vivís para joderme.
El grito de mamá anunciando la cena interrumpe el juego. Micky desata a Mónica que se levanta de la silla y seca sus lágrimas para no dejar rastro. Le sonríe a su hermano para que sepa que está bien.
—Joderme —repite Micky saboreando la palabra.

Tomado del blog: Frankenstein, supongo

domingo, 26 de febrero de 2012

Nicrophorus vespillo - Lilian Elphick


Soy como soy, señores del jurado. Mi familia es la más antigua del planeta. Ya en el año 1300 A.C., momificábamos los cadáveres de los otros, los inocentes que paseaban cerca nuestro, alardeando de sus élitros transparentes. Silphidus era el encargado de engañarlos. Hasta las ratitas caían en sus juegos de tenazas.
Es cierto que maté a Gregorio. Se miraba todo el día en el espejo, esperando la transformación. Buenos días, Franz, decía frente a su imagen coleóptera, creyendo ver a un muchacho flaco y ojeroso.
No alcanzó a sentir el golpe, lo juro. Escarbé la tierra, lo deposité en su lecho y comencé de inmediato a hacer la bola. Con ella se alimentaron mis larvas, que crecieron y crecieron hasta llegar a ser una multitud de jóvenes tísicos, pálidos y muy melancólicos, todos escritores.

Lo mismo en la vida que en la muerte - Alejandro Bentivoglio


Su afición al dinero continuó aún en la muerte. Así que cuando vio la barca de Caronte, preparó dos monedas falsas para pagar. El barquero tomó lo que se le daba y le indicó que subiera. El viaje fue largo y silencioso. Cuando llegaron a tierra, Caronte le hizo una seña para que bajara, ya estaba en la última morada de los muertos.
Al dar los primeros pasos encontró un enorme palacio de cartón pintado. Árboles de papel. Ridículos animales de telgopor.

Tomado del blog: Memorias del Dakota

Silla – Diana Sánchez


En el balcón de enfrente había dos sillas. Una, estaba en el suelo. Resultado seguramente, de un viento fuerte.
Todas las mañanas, yo miraba el balcón de enfrente. Nadie levantaba la silla. El sol le resquebrajaba las patas. Dolía verlas. La lluvia se deslizaba a sus anchas por el respaldo y golpeaba alocada en el asiento.
Pasaron muchos días. Un año pasó.
Una mañana bien temprano, alguien levantó la silla. Esa noche se cayó el balcón.


Acerca de la autora:

viernes, 24 de febrero de 2012

El beso postergado - Federico Demarchi


Habíamos llegado caminando hasta la orilla del río con la excusa de desayunar en algún bar que estuviera cerrado. Hablábamos. La noche se desmoronaba a nuestras espaldas y el amanecer nos obligaba a entrecerrar los ojos.
Aburridos de la mutua estupidez, tratando de parecer inteligentes con la mención de manidas paradojas, hablábamos y hablábamos.
Ocurrió que, en medio de una frase, mientras buscabas una expresión que huía, preguntaste: "¿Cómo se dice?...". Y yo, en la precipitación de responder, me equivoqué: "Estaba pensando lo mismo; no puede decirse". E inmediatamente quise rectificarme, al descubrir lo que estabas pensando. Pero ya era demasiado tarde. Ajenas a una y otra lengua, nuestras miradas se olvidaban de nosotros.
Se alejaban. Y conforme nos contemplaban desde un futuro cada vez más íntimo y más remoto, iban adivinando que en nuestro principio había sido el silencio.
Entonces, por fin, nos quedamos sin palabras.

Tomado del blog: Poesía y Microficción

Valiente de plastilina - David Moreno


Hoy a Pablo y a sus compañeros de clase, la profesora les ha llevado a la sala de cine.
No sabe cómo pero en vez de una película de Walt Disney, alguien coló una de miedo.
Intenta parar la cinta pero le resulta imposible.
Todos los niños contienen la respiración en las escenas más tensas, se tapan con sus manitas los ojos durante los primeros planos del monstruo y gritan aterrorizados en cada susto.
Todos, menos Pablo, que sabe que al llegar a casa, el malo le estará esperando en su habitación. Una noche más, con la correa a punto.

Tomado de No Comments

Ilusiones – Javier López & Judith Shapiro


Don Jaime caminaba por la calle con la panza como un globo. En uno de sus últimos actos de heroísmo había tragado una bomba, y la explosión dentro del estómago lo había dejado en esas condiciones. Caminaba lento, por la hinchazón, y miraba alrededor, pensando que había algo sospechoso: las líneas blancas en el pavimento, los carteles de los negocios colgando, la gente que abandonaba la calle. La escena completa le sonaba familiar.
Y es que, desde que murió hecho pedazos, había contemplado mil veces la misma escena. Quiso evitar una tragedia, pero sus vísceras y fragmentos óseos, golpeando y clavándose sobre la multitud, habían matado a más personas de lo que hubiera hecho la propia bomba. Por eso huían a su paso, y él lo revivía en sus pesadillas desde el más allá.
Lo peor, pensó, es que ya nadie lo iba a recordar como a un héroe.

Control exhaustivo – Sergio Gaut vel Hartman


—Quiero formular una queja —dijo el hombre semidesnudo, regresando de la piscina.
—Diga —respondió el empleado del servicio médico sin levantar la vista.
—He notado, y mi perplejidad ha sido mayúscula, que ese individuo llagado de pies a cabeza, cuyas heridas y máculas supuran un líquido verde francamente repugnante, ha sorteado felizmente la inspección médica y se le ha permitido ingresar a la piscina. Yo creía que la lepra era contagiosa.
—¿El de piel azul que tiene dos cabezas y cuyos cuatro brazos llegan hasta el suelo? —El empleado, ahora sí, contempló al bañista con un gesto cómplice, bastante socarrón—. No es leproso; es un alienígena de Aldebarán, más sano que usted y yo juntos.

La muerte en Navidad - Luciano Doti


Esa tarde Alfonso se preparó de manera especial. Se bañó y se puso sus mejores galas. Ya en la noche, sentado a la mesa, comió el pavo relleno que había cocinado su esposa, acompañado por las deliciosas guarniciones y una cervecita bien fría. Luego, tal cual la tradición, bebió la sidra, con pan dulce y frutas secas. Comenzó a sentirse extraño; el habla del resto de los comensales le llegaba como un murmullo. Entonces, se desplomó. El resto es muy raro: un gordo barbudo de Laponía, ataviado con ropas de abrigo rojas, lo llevaba en un trineo, hacia las estrellas.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Te quiero - Daniel Sánchez Bonet



Que sí cariño que no voy a levantarte la mano nunca más. Ya verás, fíate de mí. Qué yo sólo quiero estar a tu lado. Te prometo que tampoco voy a volver a beber, ni a ponerme celoso cuando hables con tus amigos. Vamos a sacar esto adelante, ya verás como sí. Podemos ser muy felices y lo sabes. Mañana mismo pienso llevarte una sorpresita al trabajo y no dejaré de hacerlo hasta que me perdones. Voy a hacerte la mujer más feliz del mundo. No lo dudes. Todo esto va a cambiar… te lo prometo.
A pesar de llenarse la boca con todas sus mentiras, a Armando, aún le quedó valor para decir una más.
La mayor de todas.

Tomado del blog: Microrrelatos a peso

Seca sirena - Fernando Andrés Puga



Tu bote, tocando la orilla una y otra vez con el vaivén de las olas. Vos, desparramada sobre los guijarros húmedos.
No llueve. Tampoco hay sol. Es ceniza del volcán lo que cubre el firmamento. Te trajo el lago a morir en la playa que arde, triste de verte boquear entre el espeso polvo que escupe el impiadoso Hades.
Desde atrás de los matorrales alcanzo a ver cómo se seca la plata de tus escamas hasta que no sos más que otra roca en la ribera. Alguna pareja, de esas que al atardecer salen a hacerse arrumacos, estampará sus nombres sobre tu piel opaca y allí quedarán, dentro de un corazón que no es el tuyo. ¿El tuyo? Se hamaca aún con el bote entre la tierra y el agua.

Error astronómico - Javier López



Los astrónomos siempre nos han dicho que vemos el cielo tal como era hace millones de años. Así es, y cuando aseguran que una estrella está a tres millones y medio de años luz, eso quiere decir que la vemos en el firmamento con el aspecto que tenía hace tres millones y medio de años, que es lo que ha tardado su luz en llegar hasta nosotros.
Esta quizá fue la causa por la que fracasó la invasión de los pobladores del planeta Krupx, situado en la galaxia de Andrómeda, a 2,5 millones de años luz. Vinieron de sobrados a la Tierra, sin tomar precauciones ni traer la mayor parte de su armamento y tecnología, con los que nos habrían fulminado.
Y es que pensaban encontrarse a seres peludos, indefensos y escasamente armados con palos y piedras, tal y como nos habían visto en las pantallas desde su planeta...

Rescates emotivos - Federico Demarchi



El incendio comienza en la sala de guardia del hospital, gana rápidamente los corredores y se apodera de toda la planta baja del edificio. Secundados por una espesa columna de humo, pacientes, enfermeros y médicos asoman por las ventanas del primer piso.
Un empleado administrativo surge de entre las llamas que bloquean la puerta principal y cae de rodillas en la vereda. “Logré salvarlos a todos...” alcanza a susurrar, y luego, desplomándose, extrae del bolsillo un CD cuyo rótulo aclara: Archivo de Historias Clínicas.
Más allá, dos bomberos intentan mitigar los espasmos de un extinguidor, en tanto la jefa de hemoterapia acuna un saché de sangre cero negativo.

Tomado del blog: Poesía y Microficción

lunes, 20 de febrero de 2012

Tareas de limpieza – Sergio Gaut Vel Hartman & Guillermo Vidal


—¿Una enfermedad mental puede ser epidémica? —Hermes Gordon olió al doctor Wellis como si hubiera empezado a descomponerse en ese mismo momento.
—El parafax afecta la percepción de las personas que viven en la isla y no le hace mella a las de tierra firme.
—¿Propone que transformemos Paradise en un campo de concentración? No pienso ser su Rudolf Höß; esto no es Auschwitz-Birkenau.
—No sea ridículo, Gordon; cuando el tiempo desapareció de los relojes, las imágenes del sol tomaron posesión del hipotálamo de los escritores y la enfermedad se multiplicó. Ahora solo escriben y escriben porque siempre están iluminados.
—Eso no lo autoriza a encerrarlos.
—Hagamos una biblioteca que tengan libertad para recorrer y de la que no quieran salir nunca.
—Eso me gusta.
—Fue idea de un tal Borges, el que barre los pasillos.
—¿Si?, no le veía muchas luces.
—El parafax hizo lo suyo.

¿Qué fue primero el egg o el alien? – Guillermo Vidal & Héctor Ranea


Antes de que la Tierra siquiera imaginase ser un vergel de especies desarrolladas era un matorral informe y caliente, perfecto para un invernadero, donde los alíen depositaban sus huevos para que madurasen sin peligro, ya que no poseía predadores nativos que significaran un riesgo.
El clima cálido y los gases opresivos ofrecían el medio ideal para que doce mundos federados gestaran a sus crías, pero se cruzó una tragedia en la distante estrella donde vivían y no regresaron; entretanto los huevos empezaron a eclosionar.
Como genéticamente les fallaba la galladura, muchos nacieron candados, toallas y navajas, pero otros dieron lugar a huevos bastante peludos que, con el tiempo, aprendieron a afeitarse usando a sus hermanos navaja, aptitud que se transfirió a los nuevos eggpunks, ya lampiños. El no futuro de los eggpunks fue generado por el futuro de los alien. De esa paradoja inicial nacieron todas las demás.

Diálogo de otro mundo – Esteban Moscarda & Guillermo Vidal


—Buen dái, señor ¿se le ofrece?
—¿Dái? Querrá decir día.
—No, dái, señor, ¿acaso no sabe quí usted acaba de despertar en otra dimensión?
—Sutiles diferencias, ¿verdad?
—Vides diferencias que al correr de nuestra conbertasión usted irá notando.
—¿Solo en el lenguaje hay estas diferencias o también en el plano cotidiano?
—No, también en el limbo y en las Hamburguejas McTill.
—No sé cómo viviré a partir de ahora.
—Cómo vidió hasta accá, aceptando lo que le dejan en bandeja.
—En la bandeja veo una cabza,?
—Tiene que locarla al que le faltare. Aquí se atornillan con facildad. El beneficiado invita el almuercio.
—¿Qué hay de comer?
—Me extraña que lo pergunte: sesos, las cabzas por supuesto están vacías. Le recomiendo que pida una porción chica, son sesos de escrirtores o despiés de la comida se la va a pasar reptiendo desde Mansila hasta Brges, hoy prparamos literatos argentinos.

jueves, 16 de febrero de 2012

El ruido del agua distrajo al zorro – Sergio Gaut vel Hartman & Héctor Ranea


Mientras los zorros colorados comunes toman agua del cauce principal del río Pinturas, el plateado anda solo, allá lejos, por las márgenes de un charco que dejó salpicaduras en la piedra. Tiene sentido. El agua emite un canto monótono que él conoce y al que llama sirena porque temporadas atrás distrajo a su madre para que algo nacido del río se la llevara para convertirla en la estola de un magnate. Por eso el zorro del lomo plateado busca tenaz la trampa en el sonido del río hasta que encuentra sumergida a la máquina autónoma de cazar zorros que terminó con la vida de su progenitora, un monstruo provisto de un brazo mecánico con una filosa navaja en su extremo. El zorro elude la estocada y usa los colores del agua para pintar una máquina mayor en el aire limpio; se venga usándola para matar a la asesina.

Bajan - Alejandro Bentivoglio


Salgo de mi departamento y como el ascensor no funciona, me decido por las escaleras. Sin embargo, estas no parecen terminar nunca y doy vueltas y vueltas sin llegar nunca al piso de abajo.
Horrorizado descubro que cien escalones más abajo descansa un esqueleto polvoriento.

Tomado del blog: http://memoriasdeldakota.blogspot.com/

Efecto secundario – Mónica Ortelli


Dando crédito a sus propios postulados, falleció a los ciento cuatro años el creador de la dieta de la longevidad. Venerado por unos, criticado por otros, el conocido naturista supo ganar el Health Award por su libro “Aliáceas para llegar a los cien”, en donde desarrolló los beneficios de una alimentación a base de ajos, cebollas y puerros.
Como la mayoría de sus seguidores, el autor ha muerto soltero.

El monolito - Gabriela Baade


Tras el estudio topológico de la roca precipitada desde las alturas, una ventisca escatológica se levantó en el patio diocesano.
El colapso medular que provocó la caída, hizo surgir un manantial freático de la fatrilquera del convento. La angurria del sobejano numen se desató sobre la población como un perverso y dadivoso infierno.
La hecatombe, aguardada por décadas, provocó un colapso sistémico causando la confulgencia final en el hacinado planeta.
En la cúspide de la estructura, un mórbido ser mascaba su cutícula al ritmo de una lira con monocorde sonido.

La bestialidad de las ovejas – Sergio Gaut vel Hartman & Guillermo Vidal


Jorge se movió en la silla y miró hacia arriba, siguiendo el contorno de la montaña como si estuviera contemplando un cuerpo de mujer. Estaba en el único lugar desde donde se podían divisar los montículos que habían construido los del monasterio. La sombra de los bajos y sesgados bloques se recortaba contra el cielo como si el crepúsculo contuviera una verdadera señal del final de todo. Solo le faltaba determinar si los liits, dirigidos por la furia de su líder, destrozarían las instalaciones o si, por el contrario, empezarían de nuevo a trabajar en la construcción.
—Los alteró que los obligamos a edificar en una escala descomunal. Se sienten como hormigas —dijo Jorge.
—Son hormigas —protestó el prior.
—Y nosotros bestiales, dicen ellos.
—Si hubieran sido colonizados por humanos, sin ofender, les pareceríamos un tierno rebaño de ovejas.
—Uds son ovejas.
—Exacto y todavía ninguna especie nos ha esquilado.

Los cadáveres exquisitos (Una de zombis) - Tanya Tynjälä


Les cadavres exquis boiront le vin nouveau
(Primer cadáver exquisito de la historia - 1960)

Regla número uno: Caminar retorciéndose y murmurando “cerebro…cerebro…”
Regla número dos: Alejarse lo más posible de los guardias armados con sables. ¡Sobre todo no perder la cabeza!
Regla número tres: Esperar a que todos hayan huido para gozar del festín.

Mientras disfrutaban del champán francés y se embotaban con el caviar de Beluga, (¡Marie! ¡El caviar se te sale por el corte de la garganta! ¡Por favor, un poco Más de compostura! ¡Qué barbaridad!) Alphonse se preguntaba dónde habría nacido la estúpida idea de que ellos se alimentaban con los cerebros de los vivos (¡Qué asco!).

miércoles, 15 de febrero de 2012

2012 - Daniel Sánchez Bonet


Aquella noche del 24 de diciembre no tenía nada que celebrar ni regalos que recibir. Es más, había decidido que el momento apropiado para acabar por fin con mi asfixiante vida iba a ser exactamente a las doce de la noche, coincidiendo con la llegada del nuevo año: mi muerte merecía estar a la altura. Entonces, sobre el puente y con mirada gacha y resignada conté mis últimos números: diez, nueve, ocho, siete… Abajo, otro hombre yacía entre el rocoso acantilado.
Iba de rojo.

Tomado del blog Microrrelatos a peso 

Pelotitas - Fernando Puga


¡Ay, qué maravilla! ¡Qué placer rodar las tres entre estos dedos que son hilos de luz y cantan en el aire! Subir, bajar, cambiar de mano. La confianza de volar y girar entre rayos de sol, sabiendo que no nos tragará el vacío, que iremos distraídas hasta el cielo, reflejadas en los ojos que sonríen tras el vidrio, sin sospechar que hoy caeremos en picada para acabar golpeando en el asfalto y reventar bajo la rueda que acelera, que no ve, que no aguarda que cambie la luz en el semáforo, furiosa por llegar a su destino.
Acerca del autor

Cosas que pasan - Alejandro Bentivoglio


Cada vez que había un corte de luz en el Museo de Cera de Madame Olga, la estatua de Casanova desaparecía, ocasionando búsquedas desesperadas, pequeños escándalos, revuelos.
Se la encontraba más tarde, seduciendo fogosamente a unas cuántas velas que los empleados encendían para iluminarse un poco.

Tomado del blog: http://memoriasdeldakota.blogspot.com/

De cómo las sirenas llegaron a ser lo que son al día de hoy – Guillermo Vidal


Entre el sonido irritante e insistente y aquellas otrora fabulosas creaturas marinas parece que no hubiera parentesco alguno pero lo hay. Selenita fue la más bella de las sirenas y su llamado hacia virar los barcos a un mar de distancia y sus tripulantes se lanzaban al mar sabiendo que iban a la muerte solo por el placer de hacerle honor a su canto hasta que un día un marino, apuesto y gentil, en quien Selenita había puesto los ojos, enfrentó las olas e ignoró su llamado, sin el truco de Ulises, y se negó a hundirse bajo las aguas para complacerla. Por ese solo fracaso, se sintió humillada ante sus pares y mudo su cantó irresistible en un chillido insoportable. Ahora al escucharla todos los navegantes saben que es señal inconfundible de peligro y el llanto despechado de la sirena cayó en el olvido.

martes, 14 de febrero de 2012

El Cepo - Lola Sanabria


Se sienta en el balancín del porche y escucha, en un silencio de bisagras oxidadas, los golpes y los gritos que reverberan en su cabeza. Cuando la tarde agoniza, enciende el farolillo y observa cómo la luz atrae a las polillas. Caen dentro de la urna mortuoria, con las alas quemadas, apiladas unas sobre otras. A medianoche, se levanta, recorre el sendero de grava, empuja la cancela y sale al camino que lleva al puerto. En las tabernas se encuentran los mejores especímenes. Hombres siempre dispuestos a dar un puñetazo, a romper algún diente. Hombres, muy hombres. Como su padre.

Tomado del blog: Lola Sanabria

Una nueva oportunidad – Sergio Gaut vel Hartman & Guillermo Vidal


El poder sobre la vida y la muerte me llenaba de ansiedad, me tenía fascinado. Solo faltaban unas pocas horas para que se llevara a cabo la prueba suprema; entonces sabría si mi destino era escapar por la red de túneles que corrían debajo de la vieja fortaleza y emerger para ponerme al frente del pueblo para derrocar al tirano, o si verdaderamente estaba destinado a colgar de aquella cruz y morir, para luego resucitar. Después de tantas frustraciones, esa gente se merecía un mesías.
Finalmente ganó la última opción, se despertó y apartó la piedra que tapaba la tumba, entro una luz pálida al recinto, se paró en el umbral y vio la luna solitaria alumbrando el cielo. El espectáculo lo dejó pasmado, ¿una sola luna? Un extrañó ser se le acercaba en dos patas y las extremidades superiores extendidas, ¡¿Otra vez lo habían resucitado en otro mundo?!

Mensaje en una botella - David Moreno


Aprovecha la luz de la tarde para escribir un mensaje que introduce en una botella. Próximo a la orilla se dispone a lanzarla al mar pero en el último momento se arrepiente. Desenrolla el papel y sigue escribiendo. Cuando cree terminar, repite el proceso y de nuevo se vuelve a arrepentir. Sin darse cuenta se le han pasado veintiocho años y lo que empezó con un trocito de papel se ha convertido en un libro. En toda una vida. Y ya no sabe si es Robinson, un náufrago en una isla del Orinoco o Daniel, un escritor disfrazado de marinero.

Tomado de No Comments

Perímetro de defensa - Alvaro Ruiz de Mendarozqueta


Establecí un perímetro alrededor de tu tristeza; un parapeto hecho de versos elegidos al azar. Puse filas de Parra y columnas de Juanele. Armé argamasas de Borges y de Ocampo y, en un afán de mostrarme, algunos versos míos que coronaron el laberinto. Para poner distancia, pero que a la vez sean los versos, los más hermosos versos jamás escritos –y disculpen que estén los míos- los que mantengan un hilo de esperanza sosteniendo el globo de helio de tu amor perdido. Rimbaud como exquisitez de fin de obra, aunque debo confesar que no es de mi gusto.
Escucho tus pasos, como siseos, del otro lado de la pared de versos. Miro los lomos de esos versos solidificados, esa pared ahora impenetrable, extiendo la mano en un último gesto de arrepentimiento y, cuando toco los bordes irregulares de esos ladrillos, la fría tristeza trepa por mi mano.


Acerca del autor:
Alvaro Ruiz de Mendarozqueta

domingo, 12 de febrero de 2012

El helado de chocolate - Carlos Rodríguez Arévalo



Se dejó caer debajo de la mesa de rodillas, el niño quería recuperar su helado tan anhelado durante tanto tiempo. Nunca se olvidó lo que vio debajo no solo en su mesa si no en las aledañas, encontró otro mundo allá abajo, manos nerviosas, manos perdidas en lujuria, basura de todo tipo, animales raros y conocidos, entre otras cosas que no entendía. Desde ese día olvidó el chocolate y a sus maduros años aún evita sentarse a comer a la mesa.

Tomado de Microtexteando

Acerca del autor:
Carlos Rodríguez Arévalo

Kamasutra - Carmen De La Rosa



Después de que la mujer elástica y el hombre forzudo hubieran practicado por primera vez acrobáticas posturas amorosas, en su roulotte, a la hora de la siesta, él, tierno y solícito, vuelve a encajarle a ella los húmeros en las escápulas, los fémures en los acetábulos, los radios en los escafoides. Ninguno de los dos ha disfrutado tanto nunca.

"Tomado del blog http://lacazadoraderelatos.blogspot.com/"

Fraude – Sergio Gaut vel Hartman & Guillermo Vidal



El simulacro carecía por completo de vida. Algunos movimientos residuales, como los dedos de la mano derecha frotándose entre sí o el subir y bajar del pecho remedando la respiración humana, inducían a pensar, durante breves instantes, que era un hombre. Pero bastaba con que pronunciara una frase para que salieran a protestar los animales de la casa: una vieja rata amaestrada, dos o tres cucarachas rojas y Ender, el gato de Angora que había sobrevivido a dos guerras. La queja más común se expresaba con seis simples palabras: “saquen a este fraude de aquí”.
—Los animales tienen razón —dijo el jefe de emergencias a la consternada enfermera— es un doble humanoide creado para un concurso de baile, en verano no tienen nada que hacer y se tiran en la primera camilla que encuentran. Lo único que saben decir es: todo se lo debo a ustedes que me votaron.

Los autores:
http://biosdelosblogsh.blogspot.com/2010/11/sergio-gaut-vel-hartman.html


http://biosdelosblogsh.blogspot.com/search/label/Guillermo%20Vidal

viernes, 10 de febrero de 2012

El presente griego – Guillermo Vidal



Las técnicas preciosas que tenían los griegos para esculpir el mármol se han perdido. Como cobraban vida los cuerpos inertes bajo el cincel no está a nuestro alcance. Ya no se ven esas posturas que parecen detenidas en un instante del tiempo, donde los músculos se tensan y las venas inyectadas de sangre parecen a punto de estallar. Pero el secreto largamente guardado estaba cifrado en el relato popular.
Un esclavo de vida miserable cambió a los dioses infortunio por gloria eterna y se dejó retratar en vida, un ungüento aplicado una y otra vez en la pose final lo fue transformando en blanco y puro mármol. Esa es la cruel verdad, bajo la extraordinaria figura yace una vida, un corazón, con ojos húmedos en una prisión que consumió la verdadera carne dejando una cascara, pero su alma sigue allí, prisionera.

Hasta el final - Hugo Mendieta




Lo que volvía a aquella mujer tan irresistible, era que ella, no sabía nada de su poder de seducción. Y precisamente su seducción procedía del propio hecho de su ignorancia sobre sí misma. Él había intentado decirlo, pero no podía expresarlo, no podía contar su pasión. Ella no lo entendería. Un día él dejo de intentarlo y ella no perdió la oportunidad de mostrarle un deseo inalterable, hasta el final de la vida.

Pedido satisfecho – Sergio Gaut vel Hartman




—Mire, don Prudencio —dijo Epifanio—, yo no quiero ser un paisano inorante, quiero ser como los puebleros que hacen las cosas con finura.
—Ajá —respondió Prudencio—. ¿Y entonces?
Epifanio vaciló un momento. Después tomó coraje y arremetió. —Yo le quiero pedir la mano de la Gumersinda, si a usté no le molesta.
—Aja. Ta güeno. —Prudencio miró hacia el interior de la casa—. Gumersinda, hija del tata; venga pa’cá.
—Sí, tatita. ¿Qué se le ofrece?
—Acá el Epifanio viene a pedir su mano.
—Ah, tata. ¿Y sólo pide una?
—Sí, por suerte le alcanza con una. —Y uniendo lo dicho con la acción, Prudencio sacó el machete que llevaba en la faja y de un tajo cortó la mano izquierda de su hija—. Espero que esta le sirva, m’hijo —agregó tendiéndole la mano ensangrentada a Epifanio—. La otra la necesita para cebarme el mate.

El autor:

Sobre una idea – Héctor Ranea


No podía mesarse la barba, ni mirarse a un espejo, ni decir cómo hubiera sido tomar algo, señalarlo con la mano, abrir una fruta, acariciar a una mujer. No miraba nada, sólo veía. En todo eso apenas distinguía un trazo en el que podía decirse que… pero ni para pensarlo tenía ganas. Después de todo, nadie más ateo de sí mismo que Dios, y al pensarlo, hizo algo que bien podría llamarse reír.

Acerca del autor

lunes, 6 de febrero de 2012

Diagnóstico equivocado – Javier López


El doctor Martín evaluaba su propia situación como accidentado. Una curva cerrada y una carretera en no muy buen estado le habían conducido a la cuneta y ésta a un desnivel de poco más de un metro. Su coche había dado un par de vueltas de campana y ahora se encontraba atrapado en su interior.
“Debo tener la segunda y tercera costillas esternales rotas, con posible compromiso de las apófisis vertebrales en regiones C3 y C4. Fracturas de cúbito y radio en brazo derecho, con lesión en incisura troclear y posibilidad de daño humeral. Lesiones moderadas en región metacarpiana, heridas inciso-contusas mútiples en tórax, piernas y rostro, así como hematomas diversos. Daños internos difíciles de evaluar por ahora. No descarto traumatismo craneo-encefálico de nivel 13-15 en la escala ECG”.
Como buen profesional, su diagnóstico resultaba del todo correcto, salvo por un único detalle: llevaba más de media hora muerto.

La perca – Héctor Ranea & Eduardo Poggi


Hay una especie de alga que invadió el estanque en el jardín. Si no hago algo pronto, la perca de mi abuela va a morir asfixiada. El pobre animal sobrevivió muchas contingencias, pero esta invasión botánica parece terminal.
Me propuse llegar al fondo de la cuestión, para lo cual saqué al pez y lo ubiqué como pude en una tina de niño, desagoté la pantanosa alberca que lavé con un ácido diluido. Pinté todo de nuevo y dejé que se secara. Mientras tanto, le leía a la perca. Me miraba fijo y boqueaba. Parecía entender cada párrafo. Cuando ya no había vestigio de algas, la devolví al estanque original. Pero, tanta manipulación, inundó mis manos de un olor apestoso. Un día, desperté con los brazos verdes. Otro, la invasión botánica rodeaba mis piernas. Terminó enroscada en todo mi cuerpo. Y entonces, entendí cómo había muerto la abuela.

Seremos felices - Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—Estoy seguro de que habrá una guerra, que es inevitable, por lo que no tiene sentido que nos casemos, Marita Silvia.
—Pero existe la posibilidad de que el mundo evite la guerra —argumentó ella, viendo que su ilusión de cazar a Eladio Esteban se iba por el desagüe—, de que se pueda conservar la paz, aunque esta sea un tanto frágil y tenue.
—No, no es posible —replicó él—: las condiciones están dadas para que el responsable de las bombas sienta temblar su dedo y apriete el botón fatal.
—¡Pero no, so tonto! El que aprieta el botón es mi padre. No dejará que esto suceda. Verás. ¡Casémonos, casémonos ya!
—Tienes razón. Al diablo con este temor que me estaba liquidando. Vamos al registro, tal vez nos hayan cuidado el turno.
Cuando salieron del registro, felices como nadie, junto al arroz nupcial, cayeron las primeras bombas.

Cosa e´mandinga III- Anahí Gonzalez


Hay un lugar de mi casa, un pasillo, por donde desde hace un mes o dos, mi perra Fiona no quiere pasar. No sabemos qué le pasa. Se resiste. Ni siquiera se deja tentar con bocados imperdibles. Probé con empanada de carne. Hasta con hamburguesa. Nada. Hay que arrastrarla tirando del collar. Es un tramo de un metro más o menos. Mi teoría es que en casa hay un Casper y que ella lo percibe. Por las dudas, el otro dÌa, sentada sola en mi cama, le hablé al Ghost. Le dije: "Esta no es tu casa". "Tenés que irte porque acá vivimos nosotros", le advertí. Silencio. "Bueno, mirá, hacé lo que se te cante, pero no te me aparezcas nunca, eh, nunca". Hasta ahora, la convivencia es perfecta. Menos para Fiona que sigue tirando del collar.

Tomado de: Espejitos de colores

sábado, 4 de febrero de 2012

El rescate - Carlos Rodríguez


Me ahogaba yo en el mar pacífico, lento y de pie, mientras unos marineros en un barco de pesca se acercaron y muy amablemente me preguntaron si necesitaba ayuda, “por supuesto” les respondí, “solo tengan cuidado con mi ropa y húndanme de poco en poco, quiero antes de sentir el olor a muerte, sentir el olor del mar”.

Tomado de Microtexteando

Sobre el autor:
Carlos Rodríguez Arévalo

En la noche – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


Bebió un último trago de brandy, abrió la ventana del estudio y se arrojó al vacío. No había nadie a la vista, con excepción de una bandada de cuervos mutados, de los que los abogados habían empezado a usar en las audiencias de conciliación. Se deslizó por debajo de un alero, separando los brazos de cuerpo para sentir intensamente el viento del sur en las axilas. Un minuto o dos antes había estado escuchando el sonido de las explosiones de las bombas que arrasaban el sector de los pingüinos, tal como estaba programado.
Había quedado en encontrarse con Juan Salvador, pero con esto de bombardear a otros pájaros, las gaviotas llegan tarde. Esa noche tenían pensado brindar con los ojos que los cuervos habían recolectado en los juicios regulados contra las aves migratorias y no quería dejar que les quedaran sólo los de las amargadas, como la última vez.

Sobre los autores: Héctor Ranea - Sergio Gaut vel Hartman

Favor – Mónica Ortelli


Si el zapato no se hubiera deslizado debajo de la cama, Antonia no hubiese visto el envoltorio en tela negra bajo la quinta pata. Adentro, recortados cuidadosamente, torso y cabeza de su marido con la cara borracha del último cumpleaños. A la altura del primer botón prendido de la camisa, un agujerito de lado a lado, prolijo, con el borde pintado de rojo.
Antonia buscó a su madre y a la tía Ulda; las encontró en la cocina calentando agua para el café, riendo por lo bajo. Se sorprendieron al verle foto y trapo en la mano, pero ninguna apartó la vista, al contrario.
Entonces, Antonia les dio las gracias y, con disimulada satisfacción, retornó al comedor, donde velaban al cónyuge muerto de un infarto.

Tomado del blog Ni vara ni cuchillo

Las amazonas de la ruta - Juan J. Catalano


Putas ancestrales esperaban a la vera del desolado camino, a que se inventaran los camiones.
El conductor avanzaba con su flamante carruaje gozando de la humilde notoriedad del adelantado; de la sensualidad que le había dado su condición de pionero. Ignoraba que le esperaba una curiosa suerte. Sería el primer asaltado por las amazonas de las rutas y el engañoso amor pagado.

Sobre el autor: Juan J. Catalano

jueves, 2 de febrero de 2012

Marido fénix - Carmen de la Rosa


Nunca muero en viernes. Espero a que mi mujer encienda la barbacoa en el jardín, el sábado a mediodía. Entonces me encierro en el invernadero y ardo. El domingo renazco de mis cenizas y salimos a pasear por el parque. En el vecindario ya murmuran sobre la afición de mi mujer por la carne a la brasa.


Tomado del blog: La Cazadora de Relatos

Número equivocado - Odeen Rocha & Eduardo Poggi


Hacía un buen tiempo que Paul había decidido desconectar su teléfono. Parecía no tener remedio que cada vez que sonaba pidieran hablar con personas que no vivían en su casa y que jamás había visto en su vida.
Un domingo, justo al medio día, alguien tocó a su puerta.
—¿Sí?
—Señor, Quinn, qué alivio encontrarlo. Debe venir conmigo.
Paul lo miró extrañado, sería posible que…
—Lo siento, yo no soy el Sr. Quinn. Mi nombre es Paul…
El visitante se llevó la mano al hombro derecho, que parecía herido…
— … Auster. Paul Auster.
Ya antes lo habían confundido, pero esta vez pudo reconocer a William Wilson en la puerta.
Le franqueó el paso, lo llevó a la antecámara sin que se resistiera, lo acorraló contra la pared y lo mató.
Escuchó su propia voz en la boca de Wilson que le susurró:
—Te has asesinado a ti mismo, Quinn.